MOS-200
Y si voy a morir
01 La historia de Y si voy a morir
“Y si voy a morir” nació en el Carnaval de Cádiz de 2024 como la última cuarteta del popurrí de *La última y nos vamos*, la chirigota de Antonio Álvarez Cordero, “El Bizcocho”. La agrupación se presentó aquel año caracterizada como la banda del Titanic, explotando con humor negro una de las imágenes más famosas del naufragio: los músicos que continúan tocando mientras el barco se hunde. La letra y la música de la chirigota fueron del propio Bizcocho, con Ernesto Javier Urmeneta en la dirección. El tipo permitía algo muy propio de su repertorio: hablar de la muerte sin ponerse solemne, convirtiéndola en escenario para la ironía, la amistad y una manera muy gaditana de mirar el desastre sin dejar que el desastre tenga la última palabra.
La cuarteta final terminó desbordando el propio repertorio. En abril de 2024 se publicó de forma independiente como canción, y meses después dio título a un documental oficial de la chirigota que repasaba todo lo vivido durante aquel año. Eso dice bastante de la fuerza que alcanzó. El grupo no llegó a la final del COAC de 2024, pero la pieza sobrevivió al concurso y acabó funcionando como una especie de declaración de principios. El Titanic era el chiste y el marco, pero debajo había algo mucho más reconocible: la certeza de que la vida puede torcerse, los planes pueden venirse abajo y el tiempo acaba ganando siempre. Ante eso, la respuesta de la chirigota no es resignarse, sino elegir cómo quieres estar cuando llegue el golpe.
Esa mezcla entre humor negro y emoción es lo que hace especial a “Y si voy a morir”. No propone una épica heroica ni una reflexión grave sobre la muerte. Propone algo mucho más cercano: no desperdiciar la vida antes de que se termine. La canción mira de frente a todo aquello que nos va apagando —trabajos que ya no significan nada, relaciones que pesan, rutinas que convierten los días en trámite— y lo enfrenta con amigos, música, vino, risa y memoria compartida. El propio documental posterior confirmó que esa cuarteta había terminado condensando la experiencia de la agrupación durante todo el año: seguir juntos, seguir tocando y exprimir el viaje mientras dure.
02 La emoción
La emoción central de la canción no es la muerte, sino la urgencia de vivir antes de ella. Esa diferencia lo cambia todo. No hay fascinación por el final ni dramatismo oscuro; hay rechazo a llegar al final habiendo pasado media vida aplazando lo importante. La canción recuerda que morir es inevitable, pero vivir con miedo, amargura o resignación no lo es. Y ahí aparece su punto gamberro: si el barco se va a hundir de todas formas, al menos que no te encuentre encerrado en un despacho interior del que ya querías salir hace años.
También hay una defensa muy fuerte de la compañía. Frente al desastre aparece la pandilla, la música y esa risa que sobrevive incluso cuando ya no quedan demasiadas soluciones. El humor no elimina el miedo, pero le quita poder. Esa es una de las grandes virtudes del Carnaval de Cádiz y también de esta canción: convertir la tragedia en algo que puede mirarse de frente sin renunciar a la alegría. No se trata de negar que todo termina, sino de decidir qué merece ocupar el tiempo que queda.
03 La ilustración: el símbolo de Y si voy a morir
Seguir celebrando la vida en cubierta mientras todo lo que la vuelve gris se hunde alrededor.
La ilustración lleva esa idea a una imagen deliberadamente excesiva. Un enorme transatlántico aparece inclinado de forma imposible sobre el cielo de Cádiz, mientras su parte inferior se deshace en una cascada de oficinas, relojes, papeles, muebles, fotografías y objetos cotidianos. Ese es el primer tiempo de lectura: todo lo asociado al peso de la vida adulta cae y se descompone. El barco no se hunde simplemente en el mar; se desintegra como si estuviera expulsando de sí mismo todas esas cargas acumuladas.
El segundo tiempo está arriba, en la cubierta. Allí, en el lugar más absurdo para seguir celebrando, permanece una pequeña banda reunida alrededor de una mesa, iluminada por una luz cálida. Frente al azul oscuro del desastre, ese círculo dorado contiene amistad, música, vino y una alegría obstinada. Al fondo, Cádiz aparece como ancla emocional de toda la escena, con el mar y las barquillas recordando de dónde nace esta manera de enfrentarse a lo inevitable. La obra no dice que el barco vaya a salvarse. Dice algo más importante: mientras se hunde, todavía puedes decidir quién eres, con quién estás y si vas a dejar que el miedo te robe la última canción.
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