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El Bien
01 La historia de El Bien
“El Bien” abrió *El amor de la clase que sea*, el cuarto álbum de Viva Suecia, publicado en octubre de 2022. La canción apareció como single apenas unos días antes del disco y llegaba en un momento decisivo para la banda murciana: era su primer trabajo con Universal después de sus años en Subterfuge y también el álbum con el que terminaban de dar el salto desde el circuito indie a recintos y públicos cada vez mayores. Lejos de responder a ese crecimiento con un disco más oscuro o solemne, el grupo hizo justo lo contrario: Rafa Val y Alberto Cantúa explicaron entonces que querían aferrarse deliberadamente a lo bueno después de los años difíciles de la pandemia.
La composición está acreditada a los cuatro miembros del grupo de aquella etapa —Rafael Martínez Valverde, Alberto Cantúa Parejo, Fernando Campillo Serrano y Jesús Aguayo Fuentes— y la producción se realizó junto a Santos & Fluren. Musicalmente, “El Bien” ya enseñaba parte de la apertura sonora del disco: menos dependencia del muro de guitarras, más atención a texturas, teclados y arreglos, y un final de saxofón interpretado por L. M. Moreno “Pirata” que acercaba la canción a un rock más amplio y luminoso.
Hay además una anécdota estupenda detrás de ese sonido. Alberto Cantúa contó que Jack Antonoff había compartido gratuitamente por su cumpleaños una colección de recursos de producción para que otros músicos pudieran utilizarlos, y Viva Suecia incorporó alguno de aquellos samples precisamente en “El Bien”. Santos llegó incluso a enviarle el resultado, aunque, según bromeaba la banda, nunca obtuvieron respuesta. Es un detalle pequeño, pero explica bien el momento de Viva Suecia: una banda de Murcia creciendo sin complejos, mirando tanto al rock independiente como a las producciones pop internacionales.
La canción funciona además como puerta conceptual del disco. Si *El amor de la clase que sea* quería introducir más esperanza que sus trabajos anteriores, “El Bien” empezaba desmontando una idea muy humana: nuestra tendencia a convertir cada problema, cada herida y cada opinión en el centro absoluto del universo. No niega el dolor; cambia su escala.
02 La emoción
La emoción central de “El Bien” es una especie de alivio por relativización. Hay momentos en los que algo ocupa tanto espacio mental que parece no existir nada fuera de ello. Una discusión, una ruptura, una humillación, el ego, una pelea familiar o la necesidad de tener razón pueden adquirir proporciones gigantescas simplemente porque estamos demasiado cerca. La canción propone alejar la cámara.
Y eso no significa decir que nada importe. Significa sospechar de nuestra propia escala de prioridades. Hay dolores reales que el tiempo encoge, certezas que se deshacen y problemas que parecían definitivos hasta que dejamos de alimentarlos. Esa mirada tiene algo casi liberador: si muchas de las cosas que hoy pesan tanto no son eternas, quizá tampoco merezcan gobernarnos por completo.
También hay ironía en el modo en que Viva Suecia plantea esa idea. La banda desconfía de los discursos que pretenden explicar la vida desde una posición de autoridad, incluso cuando proceden de quien sostiene un micrófono. Esa contradicción hace la canción más interesante: no ofrece una gran verdad para sustituir a las anteriores, sino una invitación a bajar el volumen de todas ellas.
En el fondo, “El Bien” habla de recuperar perspectiva. No se trata de vivir con indiferencia, sino de dejar de construir altares alrededor de cada preocupación. A veces sentirse mejor empieza por aceptar que el universo seguirá funcionando aunque aquello que ahora mismo parece enorme termine perdiendo importancia.
03 La ilustración: el símbolo de El Bien
Todo aquello que parece enorme puede descansar, en realidad, sobre algo tan frágil como una pompa de jabón.
La ilustración convierte esa idea en una imagen deliberadamente desproporcionada. En el centro flota un trono azul monumental, casi barroco, construido y rodeado por todos los símbolos con los que solemos fabricar importancia: coronas, relojes, trofeos, coches, edificios, espejos, estatuas, documentos, medallas y pequeñas representaciones del poder y del conflicto. Al primer vistazo parece una estructura indestructible, un altar dedicado a todo aquello que reclama nuestra atención y nos convence de que es fundamental.
El segundo tiempo de lectura aparece al bajar la mirada. Toda esa mole descansa únicamente sobre una diminuta pompa de jabón dorada. No hay pedestal, roca ni cimiento. El peso simbólico de una vida entera está sostenido por algo que podría desaparecer con un simple roce. Esa contradicción física cambia por completo la imagen: lo que parecía sólido empieza a parecer absurdo, provisional y frágil.
Los pequeños fragmentos que se desprenden del trono refuerzan esa lectura. No hace falta una explosión ni una revolución para destruirlo; basta con el tiempo. Parte de aquello que considerábamos imprescindible ya está flotando alrededor como restos sin función. El trono ni siquiera está ocupado. Nadie disfruta realmente de todo ese poder acumulado. Es una estructura vacía construida con cosas a las que hemos decidido conceder demasiado peso.
El azul grisáceo mantiene la identidad de la colección y da al trono una apariencia fría y solemne, mientras la pompa dorada introduce la única luz cálida. Ese acento no representa riqueza, sino fragilidad. La obra termina así donde empieza la canción: quizá el problema no sea que las cosas pesen demasiado, sino que nosotros hemos levantado un trono para ellas.
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