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Me equivocaría otra vez
01 La historia de Me equivocaría otra vez
“Me equivocaría otra vez” apareció en 2006 dentro de *Por la boca vive el pez*, el cuarto álbum de estudio de Fito & Fitipaldis. El disco se publicó el 11 de septiembre de aquel año y llegó después del enorme éxito de *Lo más lejos a tu lado*, que había convertido a Fito Cabrales en una de las figuras centrales del rock español. En lugar de intentar repetir exactamente aquella fórmula, el músico cambió parte del equipo de trabajo y buscó un sonido algo distinto. El álbum fue producido por Carlos Raya y Joe Blaney y grabado en Music Lan, en Girona.
La canción está escrita íntegramente por Adolfo “Fito” Cabrales y aparece como segundo corte del disco. Es una de esas piezas que condensan muy bien su manera de escribir: frases sencillas, contradicciones, humor resignado y una filosofía de vida construida más desde los golpes que desde las teorías. Fito nunca ha tenido demasiado interés en presentarse como alguien que conoce las respuestas. Su personaje artístico funciona justo al revés: alguien que se cae, se levanta, vuelve a probar y acepta que probablemente volverá a tropezar.
Años después, hablando sobre su carrera, Fito resumió esa forma de entender la vida con una frase muy clara: tenemos “el derecho y el deber de equivocarnos”. La idea conecta directamente con la canción. El error no aparece como una mancha que haya que borrar, sino como parte inevitable del recorrido. Eso no significa celebrar cualquier desastre ni negar las consecuencias de nuestras decisiones. Significa asumir que una existencia diseñada para no cometer errores sería también una existencia sin demasiado movimiento.
El contexto del álbum refuerza esa lectura. *Por la boca vive el pez* llegó después de un periodo en el que Fito había reconocido dificultades para volver a componer tras el éxito anterior. Sin embargo, el resultado fue uno de los discos más importantes de su carrera y alcanzó el número uno en España. “Me equivocaría otra vez” terminó siendo una de sus canciones más emblemáticas, una de esas que el público convirtió en declaración colectiva. El propio Fito ha señalado que sigue disfrutando interpretándola muchos años después, quizá porque su idea central envejece bien: todos acumulamos decisiones que cambiaríamos y otras que, aun sabiendo cómo terminaron, probablemente volveríamos a tomar.
02 La emoción
La emoción central de “Me equivocaría otra vez” no es el arrepentimiento. Es la reconciliación con la propia imperfección. Hay una enorme diferencia entre reconocer que hiciste las cosas mal y desear borrar por completo el camino que te llevó hasta aquí. La canción habita justo esa frontera. Mira hacia atrás, reconoce errores, tropiezos y daños, pero se niega a convertirlos en una condena permanente.
Eso tiene algo profundamente liberador. Vivimos rodeados de relatos en los que las decisiones parecen dividirse entre correctas e incorrectas, como si existiera una ruta perfecta que alguien más listo podría haber seguido. La vida real casi nunca funciona así. Elegimos con la información que tenemos, con el carácter que somos y con las heridas que arrastramos. Después descubrimos consecuencias que no habíamos previsto. Aprender consiste, muchas veces, en aceptar esa incertidumbre sin volvernos inmóviles.
Por eso hay también un punto de orgullo en la canción. No el orgullo arrogante, sino el de quien reconoce sus cicatrices como parte de su biografía. Hay errores que duelen y aun así nos llevaron a lugares, personas o aprendizajes que jamás habríamos conocido tomando la decisión segura. Volver atrás no garantiza una vida mejor; quizá solo produciría otra colección distinta de equivocaciones.
La canción acaba transmitiendo una especie de ética del movimiento. Mejor jugar, amar, probar, fallar y volver a intentarlo que quedarse al borde observando una vida perfectamente ordenada que nunca empieza. No hay tiro perfecto. Pero la partida continúa.
03 La ilustración: el símbolo de Me equivocaría otra vez
Una partida imposible donde equivocarse no detiene el juego, sino que dibuja el camino.
La ilustración convierte esa idea en una mesa de billar suspendida en un espacio azul, rodeada de nubes y vacío. El billar funciona muy bien como primer tiempo de lectura porque cualquier jugador reconoce inmediatamente su lógica: golpeas una bola intentando prever dónde terminará, calculas ángulos y rebotes y, aun así, un pequeño desvío puede cambiarlo todo. Parece un juego de precisión, pero siempre contiene una cuota de incertidumbre.
En esta mesa, sin embargo, las reglas han dejado de comportarse con normalidad. Las bolas recorren trayectorias curvas, saltan fuera del tablero y continúan flotando por el espacio. Las líneas que marcan sus recorridos se cruzan, se bifurcan y desaparecen entre la niebla. Ese es el segundo tiempo de la imagen: la vida se parece menos a una partida perfectamente calculable de lo que nos gusta creer. Podemos apuntar, medir y decidir, pero después intervienen el azar, los demás y nuestra propia torpeza.
Una bola ámbar concentra la atención. Su trayectoria no es recta y ni siquiera permanece dentro de la mesa. Se desvía, sale, vuelve a cruzarse con otros caminos y continúa avanzando. No representa un error concreto, sino la decisión de seguir jugando incluso después de haber fallado. Alrededor aparecen otros recorridos posibles, como vidas alternativas que nunca llegaremos a comprobar.
El fondo azul grisáceo mantiene la identidad visual de la colección y da a la escena una sensación fría y mental, mientras el único acento cálido sigue a esa bola obstinada. No hay jugadores visibles ni una mano que controle la partida. Era importante que fuese así: nadie dirige del todo lo que ocurre. Solo vemos las consecuencias en movimiento.
La obra quiere condensar la filosofía de la canción en una imagen: quizá equivocarse no sea abandonar el camino correcto, porque quizá nunca hubo un camino único. Cada rebote abre otra dirección. Cada error modifica la partida. Y si pudiéramos volver a colocar la bola exactamente donde empezó, probablemente volveríamos a golpearla.
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