MOS-151
Nana cruel
01 La historia de Nana cruel
“Nana cruel” forma parte de *Lo que aletea en nuestras cabezas*, el primer disco publicado por Roberto Iniesta bajo el nombre de Robe, editado en 2015. No fue presentado como una ruptura airada con Extremoduro, sino como la necesidad de abrir otra habitación creativa. Después de décadas al frente de una de las bandas fundamentales del rock español, Iniesta quería probar una forma distinta de construir canciones, con más espacio para los arreglos, los matices y una instrumentación menos dependiente del lenguaje clásico del rock. El proyecto empezó a tomar forma en Plasencia durante el verano de 2013, cuando Robe llevó al nuevo grupo canciones todavía desnudas y los músicos comenzaron a desarrollarlas colectivamente.
En aquella formación estaban Álvaro Rodríguez Barroso, David Lerman, Carlitos Pérez, Lorenzo González y Alber Fuentes junto al propio Robe. La búsqueda era deliberada: no hacer simplemente otro disco de Extremoduro con un nombre diferente. De ahí que *Lo que aletea en nuestras cabezas* se mueva entre pasajes delicados, arreglos de cuerda, dinámicas imprevisibles y momentos de gran intensidad. “Nana cruel”, firmada por Roberto Iniesta, es una de las piezas que mejor representa esa intención. Los músicos han explicado que fue además una de las canciones más difíciles de ordenar y encajar durante el proceso, algo que se percibe en su estructura cambiante y en la forma en que va acumulando tensión.
El título contiene ya una contradicción decisiva. Una nana suele pertenecer al terreno de la protección: alguien permanece despierto mientras otro puede abandonarse al sueño. Pero aquí ese refugio está contaminado por la conciencia de quien canta. El adulto conoce demasiado bien el mundo para prometer que todo irá bien. La canción apareció en una España que todavía arrastraba las consecuencias sociales de la crisis económica iniciada años antes, pero su desencanto no necesita una lectura política concreta para funcionar. Robe apunta hacia algo más amplio: nuestra facilidad para destruir, dominar, traicionar o convertir la vida en un lugar hostil. Frente a eso queda el impulso casi instintivo de proteger a quien todavía duerme. La crueldad de la nana no consiste en amenazar al durmiente, sino en que quien intenta cuidarlo ya sabe que ninguna burbuja puede durar eternamente.
02 La emoción
En el centro de “Nana cruel” hay una emoción muy distinta del simple pesimismo. Es ternura mezclada con impotencia. Querer a alguien también significa descubrir que no podemos blindarlo contra todo. Podemos cuidar, acompañar, mentir piadosamente durante un rato o construir un pequeño espacio seguro, pero llegará un momento en que la realidad atravesará esa protección. Hay algo especialmente doloroso en contemplar la inocencia desde el otro lado: quien todavía no conoce el daño puede dormir; quien ya lo conoce permanece despierto.
Esa contradicción hace que la canción sea oscura sin resultar completamente desesperada. El acto de proteger sigue teniendo valor aunque sepamos que será insuficiente. Quizá incluso lo tenga precisamente por eso. La burbuja no necesita ser eterna para justificar su existencia: basta con que durante un instante alguien pueda descansar dentro de ella. “Nana cruel” habla entonces del amor en una de sus formas menos heroicas y más reconocibles: saber que no puedes salvar a nadie de todo y, aun así, colocarte entre esa persona y el golpe mientras puedas.
03 La ilustración: el símbolo de Nana cruel
Una burbuja cálida que protege el sueño mientras una espina de la realidad está a punto de romperla.
La imagen convierte esa contradicción en una escena muy sencilla. En el centro aparece una figura anónima dormida, encogida dentro de una esfera dorada. La luz cálida pertenece únicamente a ese pequeño refugio: dentro hay calma, sueño y una sensación casi uterina de seguridad. Es el primer tiempo de la imagen. Antes de detectar ninguna amenaza, vemos a alguien protegido del exterior. La burbuja funciona como la propia nana: un espacio artificialmente tranquilo construido alrededor de quien todavía puede cerrar los ojos.
El segundo tiempo aparece cuando seguimos la mirada hacia arriba. Del paisaje azul grisáceo surge una forma oscura que termina convertida en una enorme espina. Su punta está detenida apenas unos milímetros antes de perforar la esfera. No hay monstruo concreto porque la amenaza de la canción tampoco necesita uno: la realidad entera ocupa ese papel. El entorno deformado toma del expresionismo de Edvard Munch la idea de que un paisaje puede comportarse como un estado mental; las curvas parecen inquietas, casi enfermas, como si el mundo exterior estuviera hecho de ansiedad. La figura dormida no sabe nada de ello. Esa distancia entre lo que ocurre dentro y fuera es precisamente la crueldad. La protección todavía existe, la espina todavía no ha entrado, pero nosotros ya sabemos que lo hará.
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