MOS-007
19 días y 500 noches
01 La historia de 19 días y 500 noches
Da título al disco que Joaquín Sabina publicó en 1999, cima de su carrera y retrato mayor de su personaje. La firmó con Pancho Varona, su cómplice de siempre, y en ella Sabina hace lo que mejor se le da: contar el desamor riéndose de él. Recorre todos los lugares comunes del abandono —el orgullo, el alcohol, la venganza, la autocompasión— y los mira de reojo, con sorna, como quien ya sabe que en esa comedia le ha tocado el papel de tonto.
El título es la clave: no cuenta cuánto la quiso, cuenta dónde le dolió. Los 19 días son los que pasan de puntillas; las 500 noches, las que no se acaban nunca.
02 La emoción
El desamor tiene dos horarios, y solo uno hace daño. De día apenas se nota: las prisas, el trabajo, el ruido y los recados lo tapan, y uno cree que ya está, que lo ha superado. La trampa llega de noche, cuando se apaga todo y aparece el hueco en la cama —ese lado donde antes había un cuerpo y ahora no—. El desamor no se mide en días; se mide en madrugadas en vela.
Y lo mejor de Sabina es que lo cuenta sin lágrima fácil: con guasa, canalla, brindando por su propia ruina. La risa del que sabe que el ridículo del desamor es, además de doloroso, un poco cómico.
03 La ilustración: el símbolo de 19 días y 500 noches
Un vaso de güisqui encendido en plena noche, cuya sombra dibuja a una pareja abrazada.
El vaso de güisqui es el ancla, y no por bohemio: es el compañero de las noches en vela, la copa que uno se sirve a las tantas porque la cama, solo, se hace enorme. Toda la escena es nocturna a propósito. De día no hay imagen que pintar, porque de día no duele.
La segunda lectura está en la sombra. El vaso, encendido como única luz, proyecta a los dos abrazados, frente a frente. No es un recuerdo dulce: es lo que debería estar ahí a esa hora y no está. El amor aparece justo donde falta, dibujado por la luz de la copa que lo sustituye. Y dura lo que duran los hielos: mientras el ámbar aguante encendido, el abrazo existe; cuando se derrita, no quedará ni la sombra.
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